A veces tu vida parece estar en orden: haces lo correcto, cumples lo esperado, sostienes todo lo que debería funcionar.
Y, aun así, una sensación suave —pero inquietante— aparece dentro de ti:
“no me basta.”

No es tristeza.
No es depresión.
Es un vacío elegante, silencioso, casi educado…
pero imposible de ignorar.

Yo, que paso mis días entre corrientes profundas, sé que esa sensación no es un error.
Es una llamada.

El alma mira alrededor y no encuentra dónde posarse,
y eso te desconcierta porque, según el manual moderno,
“tendrías que estar agradecida”.

Pero el problema no es la falta de cosas.
Es el exceso de expectativas.
El mundo te enseña a acumular: logros, relaciones, experiencias, identidades.
Y cuando estás saturada por fuera, puedes confundirte y pensar que esa saturación es plenitud.

Hasta que un día te escuchas pensando:
“tengo todo lo que se supone que debería querer… y aun así me falta algo.”

Ese momento es sagrado.
Es tu alma diciendo:
“ya no puedo aplaudir los logros de tu mente.”


🌊 El deseo que nunca se sacia

Cuando un deseo no es consciente, se vuelve un pozo sin fondo.
Pide más:
más amor, más calma, más logro, más sentido.
Pero cuanto más recibe, menos se llena.

Tu mente confunde movimiento con plenitud.
Y así te vuelves una corredora emocional que no puede parar,
porque teme descubrir el vacío si se detiene.

El alma, en cambio, quiere presencia, no velocidad.
Busca verdad, no cantidad.

Y mientras no la escuches, repetirá su mensaje:
“aquí dentro falta algo que no puedes comprar.”


💦 El ruido del mundo y tu marea interior

El mundo grita.
Redes sociales, consejos, tendencias, comparaciones.
Ese ruido te promete identidad:
“sé más, haz más, consigue más.”

Pero tu alma no habla ese idioma.
Ella se expresa en silencio, calma y honestidad.

Cuando hay demasiado ruido fuera,
confundes el pulso del mundo con tu propio pulso.

Por eso, incluso en momentos de éxito,
puede aparecer una tristeza pequeña pero insistente.
Ese vértigo no es debilidad.
Es una llamada:
“ya probé el postre… ahora quiero alimento real.”


El espejismo de la productividad emocional

Incluso la espiritualidad puede convertirse en una carrera.
Querer sanar rápido, manifestar todo, vibrar alto, meditar perfecto, perdonar impecable…
y encima hacerlo con buena cara para la foto.

Entonces aparece el ego espiritual,
que sustituye al ego material
pero sigue siendo ego.

Cuando buscas plenitud como si fuera un trofeo,
nada te llena.

El alma no quiere logros espirituales.
Quiere autenticidad.
Y la autenticidad no se conquista:
se recuerda.


🌙 La paradoja del vacío

El vacío no es una falla.
Es el espacio previo al nacimiento de algo nuevo.

Pero te asusta porque no encaja con la idea obligatoria de felicidad continua.
Crees que es una señal de que algo va mal.

Y no:
el vacío es limpieza.
Es tu alma diciendo:
“ya no cabes en lo que antes te satisfacía.”

Y en ese tiempo intermedio,
claro que todo parece deshabitado.
Pero es un proceso sagrado:
la vida diciéndote
“no puedes seguir viviendo en piloto automático.”


🌊 Tu cuerpo también habla

El vacío no es solo emocional.
También se nota en el cuerpo:
falta de energía,
cansancio que no se quita,
deseo de silencio,
necesidad de tierra y de aire.

El cuerpo es el mensajero del alma.
Si no escuchas una,
la otra te habla por él.

Ningún suplemento cura la falta de sentido.
Y ningún viaje sustituye el hogar interior.

Tu cuerpo te pide volver a lo esencial:
pausa, contacto, verdad.


El alma insatisfecha no está rota

Esa sensación de “no me llena nada” no es un fracaso.
Es expansión.

Lo que te satisfacía ayer ya no te basta hoy.
No porque hayas perdido algo,
sino porque has crecido.

Pero tu mente —acostumbrada al control—
lo vive como amenaza
e intenta llenarlo con más cosas,
más metas, más actividad.

Y el hueco solo se amplifica.
Porque tu alma no quiere distracción:
quiere contacto real.


🐠 El humor en medio del abismo

El vacío también tiene su ironía.

Todos los humanos acabáis en el mismo punto:
persiguiendo algo que no podéis definir.
Lo llamáis éxito, pareja ideal, propósito, plenitud.

Y cuando por fin llega, os preguntáis:
“¿ya está? ¿era esto?”

Ese “¿era esto?” no es decepción.
Es despertar.
Es el momento en que dejas de correr y empiezas a mirar.

Si puedes reírte de tu propio vacío,
ya no estás cayendo en él:
estás flotando.


🌊 El arte de parar

A veces seguir buscando es lo que te impide encontrar.
La mente quiere acción.
El alma quiere quietud.

Parar no es rendirse.
Es escuchar.

Las revelaciones no ocurren en la prisa.
Ocurren en la calma,
cuando dejas de empujar la vida
y permites que te alcance.

Parar es sabiduría,
aunque el mundo moderno lo considere rebeldía.


🐚 Volver a lo simple

Cuando nada te llena,
la vida te está pidiendo simplicidad.

Lo esencial casi siempre es pequeño:
el viento en la cara,
el olor del café,
el mar en silencio,
una conversación real.

La plenitud no se encuentra al final de una escalera,
sino en los peldaños.

No necesitas una vida épica.
Necesitas presencia.

Y a veces basta un paseo sin móvil
para que tu alma respire de nuevo.


El alma no quiere explicaciones: quiere contacto

Puedes leer, estudiar, buscar respuestas…
todo eso nutre la mente.

Pero el alma se alimenta de experiencia.
De manos en la tierra,
de cocinar algo,
de crear,
de abrazar,
de sentir.

El exceso de espiritualidad mental te saca del cuerpo.
Tu vida te pide volver a él.

A veces lo más trascendente que puedes hacer
es lavar los platos con conciencia.


🌊 La risa del alma

El alma madura cuando aprende a reírse de sí misma.
Cuando entiende que no hay error posible,
solo aprendizaje.

Y que incluso la sensación de “nada me llena”
forma parte del guion.

Cuando ya no luchas contra el vacío,
el vacío deja de existir.

No porque lo hayas llenado,
sino porque dejaste de pedirle que se llene.

Y en ese momento,
todo vuelve a tener sabor.

🐙✨
—Clic

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